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jueves, 4 de septiembre de 2014

Prefacio

Luna no dejaba de llorar. Se encontraba en la espalda de su madre envuelta en una mantilla, inmóvil y frágil.  Su mamá, Ivana, intentaba salvarla, su figura baja y esbelta le permitía moverse con agilidad y destreza. Gracias a su piel morena clara y pelo obscuro se podía esconder en la obscuridad de la noche, haciéndoles difícil a sus atacantes, encontrarla. Movía de lado a lado su brillante espada, prendida en un luminoso fuego blanco, bloqueando los golpes de los guardias. Luego de observar, analizar y conocer a sus atacantes, marcó una tendencia. Aprovechó un espacio abierto y atacó a uno de los guardias.  Lanzó un golpe fuerte y directo que le atravesó el pecho. El atacante gritó en agonía. Ivana retiró su espada ensangrentada y el cuerpo de su enemigo se desplomó al suelo. La sangre de su espada se e-vaporó inmediatamente, por el fuego y calor que esta emitía.
Rápidamente bloqueó los ataques del segundo. Combatían fuertemente. Ivana comenzó a sentir el cansancio en su espalda, donde se encontraba su hermosa Luna. Entre su cansancio inhaló fuertemente y silbó una corta melodía, casi inaudible al oído humano. En ese momento un búho ululó. El ave voló en medio de ambos, lo que logro despistar al guardia. Ivana aprovechó la distracción creada y atacó.  Golpeó su espada fuertemente contra la del guardia y la tumbó al suelo. Luego cortó el cuello de su atacante que empuñó, en el último momento, una daga, que golpeó el abdomen de Ivana. El guardia se desplomó en el pasto pintándolo de rojo. Ivana cayó de rodillas al suelo, sacó la daga de su abdomen, tratando de contener el dolor y la sangre.  Cortó un largo pedazo de tela de la manta que sostenía a la pequeña y lo colocó sobre la herida dándole vueltas sobre su vientre.  Amarró las puntas asegurándose de apretar la herida y el nudo.  Respiraba profundamente. 
Debían salir de allí, tenía que alertar a su esposo.  Se calmó tratando de escuchar donde se encontraba el resto del pelotón.  Su cónyuge se había quedado atrás atacando una unidad de soldados.  A lo lejos escuchó los choques de las espadas.  Silbó la melodía de retirada y esperó la respuesta.  Nunca llegó.  Lo único que llego fue un grito agonizante, luego el silencio. Ivana sintió terror, dolor y furia.  Tenía que suponer la terrible noticia que su esposo había muerto.
No había tiempo para lamentarse.  Debía salvar a su hija.  Limpió su espada, revisó su vendaje y corrió.  Después de unas horas, el dolor y la desesperación la vencieron.  Se encontraba en un bosque obscuro y desconocido.  Cayó al suelo y lloró.  Su esposo había muerto y ella se encontraba lesionada, sin provisiones, ni refugio.  Pronto moriría y Luna quedaría desprotegida en medio de la nada.  Luna comenzó a llorar in-tensamente.  Su madre la tomó de su espalda y la calmó.  Con su alto nivel auditivo determinó que habían perdido a los guardias.  Aún débil, logró encontrar un pequeño refugio bajo un enorme Olmo.  Se sentó y colocó a la niña en un agujero en medio de dos raíces.  Tenía que alimentarla y pedir ayuda.  Sacó su bolsa de agua, remojó un trapo y dejo caer unas gotas en la boca de la pequeña.  Mientras la alimentaba, analizó sus opciones.  Solo podía pensar en silbar una melodía pidiendo ayuda a su pueblo natal.  Esta opción podría ponerla en riesgo porque alertaría a los guardias; además hacer tal cosa estaba prohibido por la reina.  Al final no importaba, sabía que moriría muy pronto y debía salvar a su hija, sin importar el costo, de un terrible destino.  Respiró profundamente y recordó su entrenamiento.  Aclaró su mente de pensamientos.  Encontró las fuerzas y la determinación que necesitaba.  Accedió a su poder de Ornit y silbó la melodía melancólica de las aves del área, para pasar su llamado inadvertido.  Mientras silbaba fue dándole forma a los silbidos y al tono.  Le agregó desesperación y alerta.  Ella silbó repetidas veces.  Luna al escuchar la melodía, encontró paz y descansó.  Las aves de la región se unieron al cantó, llevándolo al viento.  Ivana seguía lanzando sus notas.  Su objetivo era enviar por ayuda a su tribu en Metztlis.  Ella había huido de allí hace mucho tiempo y no estaba segura de que la recibirían de vuelta. 
Momentos después, su voz se hizo cada vez más lenta y silenciosa, como cuando susurra el viento antes de la tormenta.  Su corazón palpitaba lentamente.  Removió un paquete de su bolso y luego su espada, los colocó en la manta de Luna.  Luego la abrigó con su capa y le dio un beso en la mejilla.  Se recostó a su lado y la abrazó fuertemente.  Poco a poco su respiración disminuyó, luego vino el silencio y la muerte la reclamó. 
Horas después Luna despertó llorando.  Tenía hambre.  Su madre se encontraba a su lado, inmóvil.  Continuaba llorando cuando a lo lejos escuchó la melodía que reflejaba la misma que su madre había entonado horas antes.  Ésta tenía otro sentimiento, tenia esperanza. Escuchaba el canto acercarse.  Con sus grandes ojos observaba los cielos para determinar de dónde venía el sonido, pero su visión, tan limitada por su temprana edad, solo revelaba la poca luz que las estrellas irradiaban.  Luego de un tiempo de observar, Luna encontró una sombra en los cielos. 
La sombra era larga, delgada y serpentina.  Fluía una luz a su alrededor más brillante que la que ella percibía.  Notó, como el extremo de la sombra brillaba intensamente al mismo tiempo que el sonido melódico resonaba. Por la mitad de la extensa sombra se extendían dos brazos gigantes, en forma de triángulos, que aumentaban y disminuían su tamaño paulatinamente.  Cada vez que estos se comprimían se escuchaba un golpe fuerte que le agregaba un ritmo de poder al canto.  Luna se llenó de terror, cada vez se encontraba más cerca.  Unos instantes después sintió que su cuerpo se elevaba, algo la sujetaba fuertemente.  Sintió el viento en su alrededor y la música llena de poder que provenía de la sombra, entró en su mente y el terror que sentía, fue reemplazado por paz.  Se sació su hambre y luego durmió.  Ella no lo sabía, pero estaba en presencia de un poder tan grande y antiguo, que cambiaría su destino para siempre.


Dieciocho vuelos solares después…

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