Solis
se encontraba en la cima del Monte Esperanzar.
La montaña más alta de su reino, Nidartis. El Monte fue el hogar del guardián de los
cielos. Un ave con plumas rojas y
amarillas. El primer descendiente del
Diosluz. Esperanzar recibió su nombre
porque en la víspera del primer vuelo terrestre de la época Aviar, en el
amanecer, el Sol se postraba en la cima de la montaña, la cual es plana.
Marcando así el inicio de la plenitud del continente. En esta época se derrite
la nieve, se renuevan los pastos y la vegetación crece. Las aves regresan a Nidartis y sus cantos llenan
de esperanza y gozo a todo aquel que se detiene a escucharlas.
Solis
no sabía cómo había llegado allí pero desde ese punto podía observar todo su
continente. El sol apenas pintaba las
alturas, mientras Solis pensaba que hacia allí arriba. Sintió un fuerte viento y su cabello rojo se
revoloteó sobre su cabeza. Escuchó un
ruido pulsante y observó el cielo. Enfrente
de ella hacia el este, se encontraba una gran ave. No podía determinar su color ni sus detalles,
se encontraba frente al sol que apenas subía sobre el horizonte. Mientras observaba
se llenó de terror. Lista para un ataque
desfundó su espada y limpió su mente de pensamientos. En ese momento un relámpago salió del ave y
cayó sobre la montaña, iluminando su rango visión hasta dejarla casi
ciega. La luz escondía algo, alguien.
La
Reina despertó agitada. Volvió a tener
esa misma pesadilla, la cual, llevaba años sin tener. Trató de mantener la imagen que tenía en su
mente, tenía que ver qué había detrás del relámpago. Pum... un sonido la alarmó y salió de su
reverencia. Enfurecida, se levantó de la
cama. Caminó hacia el balcón y atrancó
la ventana fuertemente. Había mucho
viento.
—Se
avecina una tormenta —pensó.
Empezó
a caminar rápidamente hacia el otro lado de su habitación. Tenía que saber que significaba el
sueño. Tenía que saber quién era el ave
y a quien escondía. No podía entender, solo
existía un ave gigante y ella la tenia presa y sin poderes. No podía ser un Ornit. Esa orden estaba casi extinta. Los últimos se encontraban en su calabozo y
bajo su control.
Tardó
en cruzar la enorme habitación. En medio
se encontraba su gran cama. Encima de la
cama colgaba un candelabro de oro, con miles de velas. Ninguno de sus sirvientes sabía como podía
encender tantas velas. En la cabecera de
la cama había un escudo rojo con la imagen de una enorme ave prendida en
llamas, con sus alas desplegadas.
Enfrente de la cama se encontraba un tocador de caoba. Sus patas parecían ser el mismo tronco del
árbol, pero brillantes. Arriba se
encontraba un espejo. En el marco había
miles de pequeñas hojas talladas de oro.
Del lado derecho de la enorme cama, hacia el éste, había una ventana con
un arco. Afuera un balcón de media luna
con dos grandes estatuas en las esquinas, eran águilas. Desde el balcón se podía observar todo el
horizonte. En los días despejados se
podía divisar la línea de montañas que circulaba el continente.
En
el lado opuesto del balcón, en la dirección que caminaba la Reina, había una
enorme pintura. La pintura contenía la
imagen de un Rey en la hora final de una gran batalla. Muerto en sus pies un hombre. En su cuello colgaba una insignia de una
serpiente emplumada. En su mano derecha
sostenía una espada prendida en llamas blancas.
Detrás del Rey en el horizonte todo ardía. Sobre el monarca se encontraba una gran ave
de increíble poder. En sus ojos azules
se podía observar una grandeza indescriptible, un poder antiguo. El ave se mostraba triunfante con su enorme
pico abierto, como gritando. Sus enormes
plumas rojas ardían intensamente. Las
plumas amarillas de su pecho reflejaban la luz del sol con intensidad y sus dos
grandes alas desplegadas la sostenían sobre el Rey.
La
Reina estaba llegando al costado de la pintura que parecía ya no
impresionarla. Silbó una pequeña melodía
y una puerta escondida se abrió instantáneamente. Detrás de la puerta se encontraba un pasadizo
obscuro y unas gradas de piedra que subían en espiral. La reina tomó una antorcha que se encontraba
recostada en la pared, sobre la primera grada.
La sostuvo, silbó otra melodía y el cirio se incendió. Una vez se estabilizó el fuego, la reina
empezó su asenso por las escaleras, la puerta se cerró detrás de ella. Era un pasadizo estrecho que subía formado
por miles de escalones. La subida era
agotadora y desagradable. La Reina cada
vez la recorría menos, solo en emergencias como ésta.
Una
vez arriba de la escalera, silbó otra melodía y el fuego de la antorcha se
extinguió. Se abrió una puerta y ella
entró a la habitación anexa. Parecía una
prisión gigante. Enfrente de la puerta a
la mitad de la habitación se encontraba una gran abertura redonda, que dejaba
pasar la luz de la luna. Justo al lado
izquierdo de la abertura se encontraba una línea de barrotes de piedra,
fundidos en la misma estructura. La azotea
era triangular, le daba a la habitación un aspecto de comedero de aves
gigante. La reina caminó unos pasos y se
posicionó enfrente de los barrotes. Adentro de esta gran jaula de piedra se
podía divisar un bulto en el fondo, una sombra en el olvido.
—
¡Despierta!
La
sombra se movió y susurró.
— ¿Tienes que gritar? Tú sabes que puedo
sentir tu mente desde aquí arriba, no hay motivo para enojarse.
—
¿Me indicaste que ya no tenias poderes? ¿Me mentiste?
Una
voz firme y comandante aunque sin fuerza respondió.
—Te
indique que ya no tenía los mismos poderes.
Puedo sentir tu mente, ya no puedo entrar en ella. Tú sabes muy bien que desde que me encerraste
aquí y removiste mi fuego, ya no soy el mismo.
—Aún
así ya no deberías de tener poderes, debí matarte hace mucho tiempo.
—Si
deseas matarme hazlo de una vez y me liberas de este infierno.
—Te
encantaría que te matara, pero aun me eres útil y por eso seguirás con
vida. ¡Respóndeme una pregunta! ¿Recuerdas aquella recurrente pesadilla que tenía
todo el tiempo? ¿Esa visión incoherente
que me atacaba todas las noches?
—Como
olvidarla, siempre amenazaste con matarme si no te daba una explicación.
—Debí
hacerlo, la explicación nunca fue clara. La pesadilla vino a mí de nuevo y más lúcida
que nunca. Pensé que ya no la tendría,
desde que exterminé a todos los Ornit y el resto está bajo mi mando. Por eso
estoy aquí. Dime; Tu, que eres el
tiempo, el sol, la sabiduría, el guardián de los cielos y de los sueños. ¿Qué significa esta pesadilla, quien es el
ave y porque viene a acecharme ahora, después de tanto tiempo?
—Yo,
fui todo eso que tú dices —Habló silenciosamente—. Ahora solo soy un ave
domestica, un loro que repite lo que su ama desea escuchar. Los sueños ya no me importan, la muerte es mi
único anhelo.
La
sombra caminó lentamente hacia los barrotes, al otro lado de donde se
encontraba la reina, buscando la poca luz que se filtraba por el agujero
gigante. Se postró en ella y en ese
momento se revelaron sus detalles.
Apareció un ave de enorme tamaño.
Su plumaje rojo empolvado, su pecho amarillo, sin brillo. El ave era la de la pintura, pero sin esa
furia, sin ese fuego intenso en su mirada, sin brillo ni grandezas. Ahora, sus ojos tristes y agotados revelaban
una vida sin sentido. Un corazón vacío y
preso.
—Si
no puedes responderme debería de matarte ahora mismo. Pero no lo hare, ya que eso es lo que
deseas. Tendrás que seguir viviendo en
tu desgracia. Tu castigo será pasar la
eternidad encerrado en esta prisión de piedra que no puedes quemar ni destruir.
La
Reina se dio la vuelta para irse. Volteó
a ver al ave con desdén y desprecio.
—
¡Pobre loro enjaulado!
Caminó
hacia la puerta. La gran ave se levantó,
extendió sus alas como el ave de la pintura, pero sin ese fuego intenso. Habló, su tono comandante y serio.
—El
sueño significa que tus guardias mintieron. Un Ornit de increíble poder,
sobrevivió. Será entrenado, saldrá de
esa luz blanca, con su espada de poder y vendrá por ti. El sueño regresa ahora, porque sucederá
pronto.
—
¡Eso es imposible! ¡Todos los Ornit
murieron y no hay nadie que los entrene, no hay nadie que les dé las plumas de
poder! Las plumas de las espadas no
sirven si no son entregadas directamente de Semidiós a Ornit. Nadie sabe que tú vives y no dejaré que
escapes, además tus plumas son inservibles. Escucha la profecía del viento:
De
su ceniza renace
Fuego
es su poder
Una
sola existe
Otra
no puede haber
—
¡La profecía se refiere a ti! ¡Tú renaces
de tu ceniza y no hay otra como tú! Por eso sigues con vida, porque si mueres
de forma no natural, yo perderé mis poderes y tu no renacerás. El Diosluz enviará a otro Fénix para
reemplazarte y vendrá por mí. Me matará.
La
Reina se mantuvo, su espalda hacia Fraenk.
Exhalaba fuertemente. Estaba
encolerizada. Luego de un momento sus
respiros se relajaron. Pasó un momento
así. Parecía calmarse. Caminó decididamente y desapareció por el
corredizo.
Fraenk
postró sus alas en su costado, luego volteó la mirada hacia la abertura. Se quedo allí, estático y pensativo, por lo
que parecía una eternidad, viendo hacia el Oeste. Casi se podía ver una sonrisa en su enorme
pico. La sombra de una alegría,
atravesaba su mirada. Había triunfado, supo manejar a la reina y así no revelar
el secreto de su hermana. Silenciosamente
comenzó a cantar el poema que la reina dejó incompleto, ella solo sabia la
mitad.
—Su
hermana imperdurable
Trueno
es su poder
Una
sola existe
En
la tormenta debe aparecer.
Fraenk
repitió los versos una y otra vez. Se
quedo allí hasta el amanecer. Observó la salida del sol con emoción, como éste
coloreaba con su luz el horizonte.
Primero anaranjado y luego amarillo.
Un amanecer lleno de esperanza, pensó.
—Espero
que el viento te lleve mi canto, hermana.
La
reina llegó a su habitación, agitada por el enojo y el largo descenso. Aun así, caminaba en círculos alrededor de su
cama. Mientras paseaba, su mente se
empezó a aclarar. No podía creer como
uno se le había escapado. Las aves no
habían mentido, no podían mentir. Los
Ornit de antaño creían que cuando un ave mentía, perdía su canto y caía del
cielo sin poder elevar sus alas nunca más.
No sabía qué hacer, pero sabía que vendrían por ella, era cuestión de
tiempo. No podía permitir que nadie la retara.
Nadie podía crear esperanza.
Mientras pensaba y paseaba en el cuarto notó a lo lejos un grupo de
buitres alineados y sonrió. Ya sabía qué
hacer.
Se
quitó su camisón blanco y entró rápidamente al baño. La tina estaba llena, su servidumbre la
llenaba todas las noches. Sumergió su mano
en el agua y ésta se incendió calentándola.
Era necesario un largo baño caliente para tranquilizarse. Una vez metida en la tina, la reina perfeccionaba,
en su mente, la idea de enviar a sus sirvientes preferidos. Los buitres tenían la mejor visión, podían
acechar a una presa desde largas distancias sin ser vistos ni escuchados. Desde que ella tomó el poder, sus números se habían
triplicado. Tendría resultados rápidos
al enviarlos a buscar a su enemigo a todas las esquinas del continente y más
allá del mismo. Sabía que existía otra
tierra al otro lado del mundo, una isla inhabitada, Metztlis. Ésta fue destruida por una tormenta cuando
ella tomó el poder. Existían mitos sobre
ésta Isla, pero nadie podía llegar a ella.
Nadie podía escapar de su reino.
Nidartis, la azotea del mundo era un vasto terreno rodeado por
montañas. Con picos más altos en todas
sus esquinas, donde se mantenía una vigilancia constante. ¿Podría éste que la retaría, estar allí? Había otro lugar donde pudiera estar, las
montañas del norte. Tenía que
encontrarlo pronto.
La
reina se quedo metida en la tina meditando, hasta que amaneció. Después de ese largo y relajante baño, la
reina secó su cuerpo hermoso. Su tez blanca y pura no marcaba cicatriz alguna. Su fuego interno renovaba su piel. Tenía el aspecto de una bella adolescente con
cabello largo y rojo. Sus ojos negros
como la noche revelaban la nada de su interior.
Sus piernas, caderas y torso llevaban una línea continua y curva que
mostraban una armonía nunca antes vista.
Sus pechos firmes y de considerable tamaño, cautivaban la mirada de
cualquier hombre que los observaba. Era una mujer muy bella. Además de sus ojos impactantes poseía
facciones muy finas. Pestañas rojas,
largas y curvas rodeaban sus ojos. Su
nariz era pequeña y respingada en la punta. La barbilla y mandíbula estaban
levemente definidas. En sus mejillas tenía dos camanances, el de la mejilla
derecha más grande que el de la izquierda.
La
reina se vistió rápidamente, con un vestido rojo, como el color de su
cabello. El vestido llegaba hasta sus
pies y tenía un aspecto de campana, con una cola en la parte de atrás. En la parte superior del cuerpo le tallaba
perfectamente, acentuando sus curvas. La
tela subía hasta la mitad de sus pechos revelando una pequeña parte de
ellos. En las orillas subía hasta sus
hombros y de ellos colgaban mangas cortas.
Colocó sus botas negras y se amarro el cabello con una cinta, dándole
aspecto de cola. Luego colgó un cinturón
en su cintura. De él, colgaba una espada
de fuego, de lado izquierdo y del otro lado, una pequeña daga. Salió de su cuarto y corrió hacia las gradas,
era un largo camino. Una vez llegó al
pasillo principal del castillo se encontró a su ama de llaves. Una joven rubia, esbelta y de buen
parecer.
—
¡Camila! Ve a los calabozos. Reúne a todos los Ornit, dales comida y algo
de beber. Colócalos en el patio central,
debajo del pico acústico. ¡Ahora mismo!
Camila
observaba a su reina, con sus ojos azules pequeños y llenos de dulzura.
—Como
usted ordene, su majestad. ¿Le preparo su desayuno?
Camila
bajó su cabeza en reverencia, sonriendo, sus pómulos se tornaron mas rojizos de
lo que ya eran. Sus labios naturalmente
rosados y pequeños se expandieron revelando sus blancos dientes.
—No,
eso es todo. ¡Vete!
Camila
desapareció instantáneamente. Sabía que
no debía cuestionar a su reina o sufriría las consecuencias.
La
reina bajó las gradas y caminó hasta la entrada del palacio. Se dirigió a su despacho, el cual, se
encontraba en el ala norte del castillo.
Era un cuarto enorme lleno de pergaminos, apilados en repisas y
divididos en secciones. La mayoría era
sobre aves. Había una sección de Cantos
y Silbidos; Los Silbidos del Colibrí, El Canto del Pelicano, El Aullido del
Águila Pescadora, El Cruel Gemido del Buitre, entre otros. Había una gran sección llamada, el
Fénix. Otras secciones incluían:
regiones donde viven diferentes tipos de aves, las características y
habilidades de cada ave. Había una
sección de mapas del continente, el mapa de Nidartis, las ciudades de Nidartis,
Fendar y las montañas del norte. Los
Ornit, la Orden del Fénix y la Creación de Nidartis, El Diosluz y sus primeros
descendientes, entre otras. En medio de
la gran biblioteca de pergaminos, se encontraba un enorme escritorio de madera
de cedro. En medio del escritorio se
encontraba tallada y bañada en oro, la imagen del sol con la silueta de un ave
en medio de él. La cresta de los Ornit
de Nidartis llamada, la Orden del Fénix.
Estos humanos con elevados sentidos y una mente altamente ágil, se
diferenciaban por portar la disimulada marca de su ascendencia. Ellos dedicaban su vida al Sol, a las aves,
pero más importante al Guardián de plumas rojas. El representante del Sol en el planeta Oronis. Un Semidiós, que se creía que era el primer y
único descendiente del Diosluz. Los
Ornit fueron la más poderosa orden del mundo y ahora era controlada por una
sola persona, una antigua miembro de la orden, la reina. Años antes que la reina tomara posesión del
trono, los Ornit eran una orden libre.
Cualquier humano que tuviera la marca de los Ornit tenía la habilidad y
la magia para cumplir dentro de la orden.
La
Reina estaba firmando algunos documentos cuando entró, el General de la armada
de Fuego, el ejército más grande del continente, el General Furrio Madero. Se
posicionó al lado del escritorio. Su
postura firme y su cuerpo esculpido a través de años de servidumbre, batallas y
armamento, le daban una apariencia de gigante.
Era leal pero ambicioso de poder. El súbdito más mortal de la reina.
—Buenos
días, su Alteza —habló el general con voz seria.
Sus labios grandes y cuello grueso le formaban
una voz profunda y fuerte. Con estos
rasgos y su postura demostraba sumisión y grandeza, al mismo tiempo, algo que
solo una vida como soldado podía habérselo enseñado. Sus ojos color miel y profundos observaban la
pared sin pestañar. Sus cejas delgadas
en las puntas y gruesas en medio, le otorgaban un aspecto de seriedad. Sus pómulos resaltados, sus rectas líneas de
la mandíbula y su barbilla levemente resaltada, acentuaban ese aspecto de
valentía y frialdad.
—
¡Descanse General! Acabo de obtener
cierta información que quiero corroborar con su persona. No todos los Ornit se encuentran muertos,
General. Usted mismo me indico que todos
habían sido aniquilados. ¿No es así? —pregunto
la reina y no dejó que Furrio respondiera—.
Alguien escapó. ¿Puede explicarme
como sucedió esto?
El
General comenzó a sudar frio. Paso su
mano sobre su cabello obscuro y ondulado.
No tenia explicación lógica de cómo pudo haber sucedido esto. Las ubicaciones de cada Ornit rebelde fueron
dadas por el ejercito prisionero de Ornit de la Reina. Información recabada por los buitres y
confirmada por la reina misma.
—
¡No tengo explicación racional, su Alteza!
Desconozco que pudo haber sucedido, las ubicaciones fueron dadas por sus
sirvientes y seguimos cada una con exactitud.
Hubo reportes de varios Ornit que evadieron a los guardias, pero después
de un tiempo fueron encontrados y traídos a los calabozos o murieron mientras
intentaban escapar.
El
General parecía estar nervioso, incluso sintió miedo y duda, pero
inmediatamente lo remplazó por seguridad y certeza. Sus hazañas en el campo de batalla eran
heroicas e imprescindibles y siempre buscó la seguridad de su reina. El general se tranquilizó, sabía que tenía
que mantenerse obediente pero seguro de sus pasos.
La
reina accedió a sus poderes y leyó la energía del general. No podría leer su mente fácilmente, era una
mente fuerte e impenetrable, pero algunos sentimientos se le escapaban. Noto la inseguridad mostrada por el General y
luego la certeza.
—
¿El gran ave le dio esta información?
—
¡No te refieras a ella como el gran ave!
¡Ya no lo es! Perdió sus poderes y ahora solo es un loro enjaulado.
¿Entendido General? —Dijo la Reina.
Desdén
y autoridad en su tono de voz.
—Entendido,
su Alteza.
—Contestando
a tu pregunta anterior, No. El loro
enjaulado confirmo una visión del futuro que vino a mí, hoy en la
madrugada. Estoy reuniendo a los Ornit
bajo mi mando en el pico acústico.
Llamaremos a los buitres para que busquen al Ornit. Su extensa visión y grandes números nos
ayudaran a encontrarlo rápidamente. Informe
a sus hombres, quiero a un equipo de mediadores en cada localidad listos para
recibir órdenes. ¿Entendido!?
—
¡Si, su alteza! Ahora mismo doy la orden. ¿Algo mas su Alteza?
—Solamente
General, tiene permiso para irse. Y
General. Manejemos un alto nivel de
discreción, no quiero que este Ornit vuelva a escapar.
El
general salió de la habitación apresuradamente.
La reina se reclinó en su silla, pensativa. Había algo que no podía leer del general,
confiaba plenamente en él, pero siempre había algo más que ella no podía
identificar. Un sentimiento confuso que
salía a relucir siempre que lo veía.
¡Pum! ¡Pum! Sonó la puerta.
—Disculpe
su Alteza —Dijo Camila—. Ya están los Ornit listos en el patio central. ¿Cuál
es la instrucción a seguir?
La
reina seguía en su reverencia, tratando de determinar que era ese
sentimiento. Era inútil, luego de un
momento reaccionó.
—Ninguna,
yo misma daré la instrucción y los acompañare en el ritual. Llévame un colibrí
y déjalo en su jaula en medio del pico acústico. ¡Puedes irte!
Camila
se retiró. La reina se levantó y caminó
en dirección al patio central. Era un
largo camino de roca lisa y blanca, que la Reina recorría muy poco. Estatuas de diferentes tipos de aves
adornaban las paredes. En cada tres
metros se podían divisar banderolas rojas con la cresta del sol en dorado. En el suelo de mármol blanco se encontraba
una extensa alfombra roja. Al fondo una
gran puerta de cedro abría, revelando la luz del sol.
La
reina atravesó la puerta y se detuvo unos momentos en lo que sus ojos se
acostumbraban a la luminosidad. Una vez
su visión se niveló, atravesó el florido patio.
En el centro, enfrente de un jardín circular con una estatua gigante del
Fénix, se encontraba Camila. Los Ornit
alineados a su espalda. La reina los
posicionó a dentro del pico acústico, en forma de media luna. El pico acústico era una réplica, en grande,
del maxilar superior del pico del Fénix.
Era utilizado por el rey, en los viejos tiempos, para pedir por ayuda a
Fraenk, cuando este se encontraba lejos.
Su sonido resonaba en todo el continente. La reina le daba un uso cruel, pero efectivo
al momento de llamar a sus sirvientes, los buitres. Se posicionó en medio del pico, observando a
los Ornit directamente a los ojos y dio la orden.
—Deben
de silbar el canto del colibrí, el tono debe ser de desesperación, como si
estuviera lesionado y sin poder volar.
Esto lo repetiremos hasta que yo diga.
Luego daré la señal y realizaremos el cruel gemido del buitre,
nuevamente hasta que yo ordene. ¿Entendido!?
—Si
su alteza —Respondieron los Ornit en unísono.
La
reina sacó al colibrí de su jaula con ambas manos. Luego lo sostuvo con una mano y con la otra
desfundó su daga. Le soltó ambas alas y
las cortó rápidamente con su daga. El
colibrí silbaba en agonía. Lo lanzó al
suelo y dio la orden a los Ornit para que cantaran. Los Ornit intercambiaban miradas entre ellos,
expresaban dolor. La reina grito la
orden de nuevo y los volteó a ver con una mirada amenazadora. En ese mismo momento los Ornit comenzaron a
silbar, su canto resonaba de la concha acústica como uno solo. El silbido subió al viento y fue llevado en
conjunto con el olor a sangre, hacia el oeste.
Un tiempo después resonó un aullido. La reina dio la siguiente orden y comenzó a aullar,
los Ornit se le unieron inmediatamente, le agregaron un tono de urgencia. Momentos después la reina dio una orden de
silencio. Llamo a los guardias.
—
¡Lleven a esta basura a los calabozos! —Dijo la reina, refiriéndose a los
Ornit.
Los
guardias siguieron la Orden y se los llevaron.
La reina se sentó enfrente del colibrí que seguía silbando en agonía, un
poco más lento y silencioso. En ese
momento comenzó a escuchar a los buitres gemir.
Volvió su mirada a los cielos y observó un torbellino de buitres, listos
para acechar al colibrí. La reina
realizó una serie de sonidos y un buitre, el líder, se separó del torbellino. Luego entró en él, atravesándolo
rápidamente. Cayó, con gracia y fuerza
sobre el colibrí, terminándolo de matar.
Era gigante, media casi cuatro metros de largo y sus alas eran
enormes. Era casi del tamaño de la gran
ave de poder. Melquiades El Obscuro, lo
llamaba la reina en referencia a su plumaje y conciencia negra. Melquiades agacho su cabeza en reverencia a la
reina, luego comió. La reina realizó
otra serie de cacofonías, el buitre asintió y luego partió. Llevaba los restos del colibrí en su
pico. Una vez en el cielo voló en
dirección a una secuoya gigante, el resto de la colonia siguiéndolo. No habló como usualmente lo hacía con su
reina, ya que había más personas alrededor y a él no le gustaba cuando otros lo
observaban hablar con ella. Se reunió
con ellos allí. Repartió los restos del
colibrí entre sus comandantes. Informó
las instrucciones de la reina al resto del grupo y pidió que las trasladaran al
resto de colonias que vendrían en dirección al llamado de la reina. Los buitres tomaron vuelo, la mayoría hacia
el este, el resto en dirección a los otros tres puntos cardinales donde se
reunirían con otras colonias.
La
reina sonreía mientras observaba a los buitres volar rápidamente, siguiendo sus
órdenes. El general salió del palacio y
se posicionó enfrente de su reina.
—Las
ordenes fueron dadas su majestad.
Utilice al Ornit Robín para que enviara a las lechuzas a las estaciones
de cada pueblo.
—Muy
bien hecho general. Envíe a Robín con un
escolta, que limpie esta sangre y plumas de mi patio. Deberá esperar aquí las noticias de los
buitres. En cuanto sepa algo que me lo haga
saber de inmediato.
—Si
su alteza, será hecho como usted diga.
¿De dónde proviene esta sangre y plumas?
—Proviene
de un colibrí, debía de dar una pequeña ofrenda al líder. Cuando regresen los buitres con las noticias
les tendré un festín, eso sí, más vale que traigan buenas noticias.
El
General se quedo inmóvil, estaba confundido.
— ¿Pensé que las aves siguen el llamado de los Ornit, sin necesidad de
ofrendas?
—Así
es General pero en este caso quise recompensarlos para que la búsqueda sea más
eficiente y rápida.
—Que
terrible destino el del colibrí.
—
¡Un destino necesario! Tenga a sus hombres listos. ¡Puede irse, General!
El
general llevo su índice y pulgar a su boca, silbo la melodía militar, luego elevó
su brazo apuntando un dedo al cielo. El
saludo militar en respeto a su superior.
La
reina asintió y regresó a su despacho, debía de atender asuntos del reino.